Opinión: “Retorno a clases: parece que en Chile no importa la evidencia”

Por Bernardita Barraza Barrutti, Enfermera, Dirigenta Hospital Carlos van Buren y Directora Nacional de Federación de Asociaciones de Enfermeras y Enfermeros de Chile (FENASENF).

Durante el 2020, las comunidades escolares se adaptaron lo mejor que pudieron a un escenario que nunca antes habían enfrentado, siendo imposible desconocer los tremendos aprendizajes e innovaciones que lograron. 

Es importantísimo considerar que hay ciertos elementos del proceso de enseñanza-aprendizaje que no se pueden trasladar al ambiente digital, sobre todo considerando a aquellos sectores donde los espacios en casa no son los adecuados o de lleno ni siquiera existe acceso a internet. 

Las clases presenciales plantean preocupaciones de bioseguridad, dada la expectativa poco realista de que las niñas y niños puedan sobrellevar las medidas sanitarias básicas para prevenir el contagio durante su jornada escolar. Por un lado, es difícil imaginar que un niño de 6 años use mascarilla permanentemente, que mantengan la distancia física, que no compartan juguetes, comidas, etc., que se laven las manos constantemente y/o ocupen alcoholgel. Por otro, ¿todos los colegios tendrán los baños y lavamanos suficientes? ¿Contarán con jabón y papel para secado de manos?, recordemos que esta medida es precisamente la más efectiva en la prevención del contagio del coronavirus. 

Pagar por el personal y el equipo necesarios para mantener a raya el virus también es un gran obstáculo, especialmente para los colegios con menos ingresos que son precisamente los que reciben a los escolares más vulnerables. Definitivamente, no todos tienen las mismas condiciones ni se han podido preparar de igual manera; muchos colegios no cuentan con recursos para adaptar sus instalaciones a la seguridad necesaria en este escenario.

Un sistema “híbrido” de clases imagino que logísticamente es muy complejo y tengo la certeza de que el aprendizaje remoto seguramente volverá a dejar atrás a los estudiantes más vulnerables.

También debemos considerar que muchos profesores y funcionarios de la educación tienen edades o factores de riesgo, como enfermedades crónicas, al igual que la mayoría de la población chilena, lo que los hace también especialmente vulnerables al virus. Si no contamos con la cantidad suficiente de “adultos responsables” de nuestros niños en el recinto escolar, se haría aún más difícil mantener las medidas sanitarias necesarias.
En algunos estados de Estados Unidos, las escuelas implementaron rigurosas medidas de salud pública, realizando exámenes físicos frecuentes y colocando enfermeras en la mayoría de las escuelas, innovaciones que luego se hicieron más comunes en gran parte del país. Pero, acá en Chile sólo algunos colegios particulares cuentan con “este lujo”.

Parece que acá en Chile poco importa, que la evidencia apunte que los niños y niñas pueden convertirse en vectores de COVID-19 para sus familias. De la misma forma, tampoco se dan por enterado de que los niños y niñas de sectores económicos bajos y medios, para llegar a sus colegios, ocupan transporte público.  A esto, sumémosle que los indicadores en salud tampoco indican fehacientemente que este sea el momento más indicado para el retorno de los estudiantes a las clases presenciales. 

La “nueva normalidad” exigirá nuevos costos sanitarios, como por ejemplo el de la mascarilla pues los niños deberán traer por lo menos una diaria, la que debería ser cambiada cada por lo menos 3 horas, ¿ese gasto, se convertirá en parte del presupuesto de la familia? 

Pero si no es posible retornar a las clases presenciales, también nos veremos enfrentados a situaciones complejas. 

Debemos recordar que muchos estudiantes que dependen de las escuelas para recibir sus comidas podrían, sin dudar, llegar a pasar hambre y la demanda seguramente será alta si mantenemos las cifras de desempleo o no podamos reactivar nuevamente nuestra ciudad.
A su vez, otro argumento para buscar el retorno a clases recoge la exacerbación de las inequidades que han desatado las cuarentenas. Muchos hogares, no cuentan con las condiciones idóneas para teletrabajar, mucho menos para “tele-estudiar”. 

Sin dudas, se entiende que la ausencia prolongada de los estudiantes en sus escuelas les ha impactado, tanto en lo académico como en lo psicológico. Niños, niñas y adolescentes. se han visto obligados a permanecer alejados de sus amigos, profesores y del mundo escolar en el que vivían antes de la pandemia. Ellos han sido, junto a los adultos mayores, las poblaciones sujetas a un mayor tiempo de confinamiento. 

Pero lo más preocupante y complicado que veo en  todo esto es que aún no hay un consenso entre los establecimientos, profesores, Gobierno Nacional y local, y padres alrededor de las garantías de seguridad para todos los miembros de la comunidad educativa. 

Nadie podría negar la importancia para los estudiantes sobre el derecho constitucional de recibir una educación de calidad, tampoco podemos negar que el mundo entero aún se encuentra en un contexto de pandemia donde prima el miedo y la incertidumbre, la clave estará en trabajar en una comunicación clara entre los distintos actores para superar esta crisis juntos.

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