Opinión: “La salud mental post (en) pandemia es un tema que no se puede enfrentar reactivamente”

Por Bernardita Barraza Barrutti, Enfermera, Dirigenta Hospital Carlos van Buren y Directora Nacional de Federación de Asociaciones de Enfermeras y Enfermeros de Chile (FENASENF).

El gasto en salud mental representa apenas un 2% de todos los fondos destinados a la Salud en Chile (en los países más desarrollados supera el 10% y el promedio mundial es del 3% ). Si bien es cierto que hay esfuerzos gubernamentales para mitigar los efectos de la pandemia, con el programa SaludableMente, esto puede ser como un vaso de agua en el desierto, al menos por ahora. El programa incluye charlas online y teléfonos donde pedir ayuda, pero sólo se puede acceder a él si tienes teléfono o algún otro aparato tecnológico con conexión a Internet.

Como la punta de un iceberg, las enfermedades de salud mental ya ocupaban, hace bastantes años, el primer lugar entre las razones de licencias médicas en Chile. Según el MINSAL, en el 2017, representaban más del 20% del costo total de licencias médicas. Ese mismo año, el Programa  de las Naciones Unidas por el Desarrollo (PNUD) describía que la desigualdad socioeconómica en Chile afectaba múltiples áreas relacionadas con el desarrollo humano (educación, política, modos de interacción y forma en que se tratan a las personas respecto al sitio en la estructura social que ocupen).

Sin dudas, no éramos los “Jaguares de Latinoamérica” y estábamos lejos de “ser un oasis en medio de esta América convulsionada”. Pero es en este punto en que el “estallido (para mí, despertar) social”, indudablemente, cambió la forma de pensar nuestra vida y visibilizó esas desigualdades y precariedades que dieron curso a una demanda masiva por dignidad.

El impacto de esta inequidad sobre la salud mental es muy relevante, considerando el escenario nacional actual. Entre octubre del 2019 y hoy, cada uno ha sido testigo de una crisis tras otra, y de todas juntas a la vez: crisis social, sanitaria y económica. La llegada del COVID-19 nuevamente deja al desnudo las inequidades por las que se gestó ese 18 de octubre: definitivamente, este encuentro con el virus no es lo mismo para los de  la alta sociedad que para los  de estratos sociales más vulnerables.  Lo que sí, a todos nos ha traído un quiebre en la cotidianeidad, en nuestras costumbres y modales, pues el COVID no tan sólo afectó nuestra salud física, sino que las relaciones sociales. Además, trajo consecuencias laborales, palabras como aislamiento y distanciamiento físico, y una serie de “cambios”.

A su vez, tenemos (espero que la conjugación verbal correcta a estas alturas sea teníamos) una sociedad muy poco protectora, individualista y muchas veces egoísta. Naturalizamos y normalizamos la violencia, de hecho no nos sorprende, por el contrario, genera morbo. En conclusión, la suma de todo lo expuesto termina dando génesis a una “tormenta perfecta” en nuestra mente. Sin duda, nos afecta en forma diferente a cada uno, según las herramientas de adaptación, inteligencia emocional y otros que hayamos podido desarrollar durante nuestra vida, pero por primera vez “de ésta, nadie se salva”.

Con el aumento de los contagios, ha crecido también la angustia, incertidumbre e intranquilidad para  la persona, sus familias, la comunidad, en fin, la sociedad en general. Se produce un desgaste a todo nivel, por lo que empezamos  a darnos cuenta de que el problema del otro, también me afecta a mí. Y es que al final, los seres humanos innatamente sobrevivimos “aclanados” y, además,  tenemos una mala relación con la incertidumbre. Nos cuesta asimilar cambios violentos, pues causan inestabilidad y perdemos el control de la situación. No saber cuánto durará la crisis, el confinamiento, si nos contagiaremos, se contagiará algún ser querido, si “sobreviviré”, si tendré trabajo, cuando podré trabajar, etc. es tan perjudicial como los efectos del propio virus. Silenciosamente estos otros efectos, que corren tan rápido y peligrosamente como la infección misma, son aún más complejos de ver. Pues, la salud mental sigue siendo un tema tabú, siendo enfermedades “vergonzosas” e invisibles: claro, si se enteran de que vas al psiquiatra o psicólogo “estás loco”. El sufrimiento, el tormento, es silencioso e individual.

Ahora en esta nueva realidad inaugurada, las cifras relacionadas con enfermedades de salud mental seguirán aumentando y extendiéndose en el período post pandemia, cuando las vivencias y la sobreadaptación forzada, adquiera para muchos un carácter postraumático. No es necesario estar en un panel de expertos para afirmarlo.

Pero si hay algo positivo y digno de rescatar de toda esta hecatombe es que la salud mental es, precisamente una, de las claves para sobrevivir a esta pandemia y todo lo que conlleva.

La salud mental “post (en) pandemia” es un tema que NO se puede enfrentar reactivamente, cuando el desastre ya esté desatado. No se puede esperar a que las cifras de depresión, ansiedad o suicidios comiencen a subir para comenzar a actuar. Evitar una crisis de salud mental es un desafío al cual no se puede llegar tarde.

Aumentar el presupuesto destinado para este fin es indispensable. Promover la especialización de profesionales médicos y no médicos en esta área es impostergable. Pero, también es urgente intervenir de manera integral para evitar que el virus tenga efectos más allá de la grave enfermedad respiratoria: el conversar con los adultos mayores aleja los fantasmas de la soledad. El dejar que las emociones salgan, establecer nuevas rutinas, “apapachar” y explicar los hechos con realismo y una mirada optimista, siempre es bienvenido por los más pequeños. Tenemos que ser conscientes de que no es posible asumir el dolor social tan sólo desde un diván o con una receta.

Por eso, es tan importante entender que la cuarentena y el distanciamiento físico no significan eliminar el contacto. Más que nunca se requiere acompañar, conversar y preocuparse por los demás, aunque sea de manera virtual pues, si bien los problemas de salud mental afectan a la persona finalmente repercuten en todos. Por eso, debemos trabajarla como familias, como comunidad.

Por eso, hoy distanciados físicamente, pero más cerca que nunca…

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